Presentación del Libro «La fuerza o el sino» el 15 de diciembre, a las 20:00h.


Más allá del guiño al drama romántico del Duque de Rivas, lo primero que se nos viene a la cabeza una vez concluida la lectura de este “La fuerza o el sino” es la admiración que debe profesar su autor por aquel genial colombiano que trajo a la narrativa el llamado realismo mágico. Pues a la manera de un Macondo andaluz vemos recreado en este relato el pueblo de Obejo como si de un espacio mítico se tratara. Y aunque ciertamente esta geografía cordobesa poco o nada tiene que ver con aquellas tropicales selvas donde Gabo hacía llover mariposas amarillas, sí encontramos en cambio agrestes montes donde aún se puede intuir la presencia del lobo; y a falta del coronel Aureliano Buendía sabremos del artillero Gregorio Puerto, veterano de la guerra de África; o de Justo, héroe de la Resistencia francesa, que acabó sus días como malogrado guerrillero en las ásperas sierras de Adamuz…, un curioso linaje que forjó su carácter en el sórdido y cruento siglo XX y que ahora Nicolás, heredero de estos personajes que parecen salidos de una saga novelesca, rememora para nuestra suerte haciéndolos renacer.

Por la prosa de Nicolás Puerto vemos también discurrir pastores trashumantes, panaderos, carboneros, tratantes de ganado, arrieros, esparteros, esquiladores o afanados labriegos, sin olvidar la figura matriarcal de la abuela Genoveva, las tías Mariquitas y la prima Teófila, fruto de una estirpe de mujeres esforzadas y valientes que tuvieron un rol significativo y vital en ese siglo que no solo estuvo preñado de sangre y soledad, sino que también estuvo teñido de dignidad campesina. Podría verse pues el texto de Nicolás como un tratado etnológico o antropológico
y, a su vez, como el testimonio de una historia reciente que es la suya y también la nuestra, con su peculiar estilo de regusto cervantino donde lo trágico a veces queda desdramatizado por algunas pinceladas de humor, y donde no podemos dejar de vislumbrar también ecos de las Geórgicas de Virgilio, aquel vasto poema donde el clásico romano nos iba desgranando los trabajos y la vida del campo: el ritmo de las estaciones que marcan las cosechas, los movimientos errantes del ganado o el afán de las abejas; el ritmo de la naturaleza, en fin, que a la postre es la que marca también el ritmo del hombre y su destino.

Presenta: Ramón Rodríguez Pérez. Licenciado en Geografía e Historia, Escritor y Artista Multidisciplinar.

Autor: Nicolás Puerto Barrios.